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LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL 1968 RAYMOND CARTIER
2 TOMOS
Este lote se compone de dos tomos que hacen la
obra completa
que tiene por título
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
por
RAYMOND CARTIER
EL PRIMER TOMO TIENE 383 PÁGINAS
Y EL SEGUNDO TOMO TIENE 392 PÁGINAS
LLENAS DE FOTOS EN BLANCO Y NEGRO
CON FOTOGRAFÍAS, MAPAS, PLANOS Y CUADROS
CRONOLÓGICOS
editados por Larousse y Paris Match
En el año 1968
Magníficamente presentados
Encuadernados en piel y oro
En buena conservación
Tienen unas medidas de 29,5 x 23 cm.
La Segunda Guerra Mundial fue el
conflicto armado
más grande y sangriento de la
historia mundial, en el que se enfrentaron las
Potencias Aliadas y las
Potencias del Eje, entre
1939 y
1945.
Fuerzas armadas de
más de setenta países participaron en combates
aéreos,
navales
y
terrestres. Por efecto de la guerra
murió alrededor del 2% de la población mundial de la época (unos 60 millones
de personas), siendo los
civiles la mayoría de los fallecimientos. Como conflicto mundial comenzó el
1
de septiembre de
1939 (si bien algunos historiadores argumentan que en su
frente asiático se declaró el
7 de julio
de 1937) para
acabar oficialmente el
2
de septiembre de
1945.
Las causas de la Segunda Guerra Mundial más inmediatas al estallido de la
misma son, por una parte, la
invasión de Polonia de 1939 por parte de los
alemanes, y los
ataques japoneses contra China, los
Estados Unidos de América y las colonias
británicas y
holandesas en Asia.
La Segunda Guerra Mundial estalló después de que estas acciones agresivas
recibieran como respuesta una
declaración de guerra, una resistencia armada o ambas por parte de los
países agredidos y aquellos con los que mantenían tratados. En un primer
momento, los
países aliados estaban formados tan sólo por
Polonia,
Gran
Bretaña y
Francia, mientras que las
fuerzas del Eje consistían únicamente en
Alemania e
Italia, unidas en una alianza mediante el
Pacto de Acero.
A medida que la guerra progresó, los países que iban entrando en la misma (al
ser de forma voluntaria, o al ser atacados) se alinearon en uno de los dos
bandos, dependiendo de su propia situación. Ese fue el caso de los Estados
Unidos y la
URSS, atacados respectivamente por Japón y Alemania. Algunos países, como
Hungría,
cambiaron su alineamiento en las fases finales de la guerra.
Durante la elaboración del
Tratado de Versalles, se presentó el problema de la compensación que
Alemania
debía pagar a los vencedores. El
Reino
Unido obtuvo la mayor parte de las colonias alemanas en
África y
Oceanía
(aunque algunas fueron a parar a
Japón y a
Australia).
Por su parte,
Francia, en cuyo suelo se desarrolló la mayoría de los combates del frente
occidental, recibió el pago de una gran indemnización y la recuperación de
Alsacia y
Lorena, que habían sido anexadas a Alemania por
Otto von Bismarck tras la
Guerra Franco-prusiana en
1870.
En el
Imperio ruso, la
Dinastía Románov había sido derrocada y reemplazada por un gobierno
provisional que a su vez fue derrocado por los
bolcheviques de
Lenin y
Trotsky. Después de firmar el humillante
Tratado de Brest-Litovsk, los bolcheviques tuvieron que hacer frente a una
guerra civil, que vencieron, creando la
URSS en 1922. Sin embargo, ésta había perdido enormes territorios por
haberse retirado prematuramente de la guerra.
Estonia,
Letonia,
Lituania y
Polonia
resurgieron en el mapa a partir de una mezcla de territorios rusos y alemanes
tras el tratado de Versalles.
En Europa Central, nuevos estados aparecieron tras el desmembramiento del
Imperio Austrohúngaro:
Austria,
Hungría,
Checoslovaquia y
Yugoslavia,
que además tuvo que ceder territorios a la nueva
Polonia, a
Rumanía y a
Italia.
En Alemania, la visión popular del
Tratado de Versalles era muy negativa: bajo su cobertura legal se había
desmembrado el país, la economía alemana se veía sometida a pagos y servidumbres
a los Aliados considerados abusivos, y el estado carecía de fuerzas de defensa
frente a amenazas externas, sobre todo por parte de la
URSS, que ya se había mostrado dispuesta a expandir su ideario político por
la fuerza. Esta situación percibida de indefensión y represalias abusivas,
combinada con el hecho de que nunca se llegó a combatir en territorio alemán,
hizo surgir la teoría de la
Puñalada por la espalda, la idea de que en realidad la guerra se podía
haber ganado si grupos extranjeros no hubieran conspirado contra el país, lo que
hacía aún más injusto el ser tratados como perdedores. Surgió así un gran rencor
a nivel social contra los Aliados, sus tratados, y cualquier idea que pudiera
surgir de ellos.
La desmovilización forzosa del ejército hasta la fuerza máxima de 100.000
hombres permitida por el tratado (un tamaño casi testimonial respecto al
anterior) dejó en la calle a una cantidad enorme de militares de carrera que se
vieron obligados a encontrar un nuevo medio de subsistencia en un país vencido,
con una economía en pleno declive, y tensión social. Todo eso favoreció la
creación y organización de los
Freikorps,
así como otros
grupos paramilitares. La lucha de los Freikorps y sus aliados contra los
movimientos revolucionarios alemanes como la
Liga Espartaquista (a veces con la complicidad o incluso el apoyo de las
autoridades) hizo que tanto ellos como los segmentos de población que les
apoyaban se fueran inclinando cada vez más hacia un ideario reaccionario y
autoritario, del que surgiría el
nazismo como
gran aglutinador a finales de los años
20 -
inicios de los
30.
Hasta entonces, había sido un partido en auge, pero siempre minoritario; un
intento prematuro de hacerse con el poder por la fuerza (el
Putsch de Múnich) acabó con varios muertos, el partido ilegalizado y Hitler
en la cárcel. Es durante ese periodo de encarcelamiento que escribió el
Mein Kampf (Mi lucha), el libro en el que sintetizó su ideario
político para Alemania.
El caldo de cultivo existente a nivel social, combinado con la
Gran Depresión de inicios de los
30 hizo
que la débil
República de Weimar no fuera capaz de mantener el orden interno; los
continuos disturbios y conflictos en las calles incrementaron la exigencia de
orden y seguridad por parte de sectores de la población cada vez más amplios.
Sobre esa ola de descontento y rencor, el
Partido Nazi, liderado por
Adolf
Hitler se presentó como el elemento necesario para devolver la paz, la
fuerza y el progreso a la nación. Los ideólogos del partido establecieron
racionalizaciones que justificaban todas las ideas que hoy día resultan
controvertidas en su ideario: la remilitarización era imprescindible para
librarse del yugo opresor de las antiguas potencias Aliadas; la inestabilidad
del país era ocasionada por movimientos sociales de base extranjera (comunistas)
o grupos de presión no alemanes (judíos),
culpables además de haber apuñalado por la espalda a la
Gran Alemania en
1918; además, Alemania tiene derecho a recuperar los territorios que fueron
suyos, así como asegurarse el necesario
espacio
vital para asegurar su crecimiento y prosperidad. Todas estas ideas
quedaron condensadas en el
Mein Kampf.
Partiendo de las afrentas reales y comprobables causadas por el Pacto de
Versalles, los nazis lograron racionalizar las partes más duras de su ideario,
de modo que potenciaron, alimentaron y extendieron la necesidad de reparación en
la sociedad alemana, mezclando los problemas reales con las necesidades de su
propio programa político, presentando el
militarismo y la adherencia a la disciplina
fascista
como las únicas vías capaces de reconducir la situación. Del mismo modo se
justificó la represión brutal de cualquiera que no pensara del mismo modo o
fuera percibido como un enemigo del estado. Y el clima existente a causa del
Pacto hizo que a la sociedad en general no le preocupase lo más mínimo el
incumplimiento de cualquier tipo de tratado internacional. Hasta
1932, el
NSDAP fue incrementando su cuota electoral en las elecciones federales,
manteniendo un estilo político igual de bronco y agresivo que el que practicaba
en la calle.
En noviembre de 1932
tienen lugar las
octavas elecciones federales alemanas, en las que el
NSDAP perdió algo más de un 4% de votos, quedando en un 33,1%. Al ser la
lista más votada, y ante la imposibilidad de lograr una opción de consenso entre
las demás fuerzas políticas, el presidente
Hindemburg nombra
canciller
a Hitler y le ordena formar gobierno. El
27 de
febrero de 1933,
un
incendio inexplicable arrasa el
Reichstag, la sede del parlamento alemán. A raíz del mismo, Hitler declara
el estado de excepción. Pronto surge desde el partido nazi la acusación de que
los comunistas son los instigadores de la quema, y Hitler logra que un
Hindenburg ya muy mermado de salud firme el
Decreto del Incendio del Reichstag, aboliendo tanto al partido comunista
como a cualquier organización afín al mismo. Con sus principales enemigos
políticos ilegalizados, Hitler procede a convocar las
novenas elecciones federales alemanas el
5 de marzo
de 1933, logrando
esta vez un 43,9% de votos y pasando a gobernar, en coalición con el
DNVP, en mayoría absoluta. Una vez conseguido el poder político, la noche
del 30 de
junio al
1 de julio
de 1934, Hitler se
quita de encima a los principales opositores políticos que aún tenía, tanto de
su partido como de los otros, en la llamada
Noche de los cuchillos largos. Con esta acción de fuerza logró también el
apoyo del ejército y la industria.
Rápidamente, Hitler restauró en Alemania el servicio militar generalizado que
había sido prohibido por el Tratado de Versalles,
remilitarizó la Renania en
1936 y puso en
práctica una política extranjera agresiva, el
pangermanismo, inspirada en la búsqueda del
Lebensraum,
destinada a reagrupar en el seno de un mismo estado a la población germana de
Europa central, comenzando por Austria (Anschluss)
en marzo de 1938.
El principal objetivo declarado de la política exterior alemana de la época
inmediatamente anterior a la guerra era, por una parte, la recuperación de esos
territorios, así como del
Corredor polaco y la
Ciudad libre de Danzig, en los antiguos territorios de
Prusia perdidos
por Alemania después de
1918. Esas reclamaciones territoriales constantes constituían elementos
importantes de inestabilidad internacional, pues
Berlín
reivindicaba abiertamente su restitución, de forma cada vez más agresiva, con la
intención de reconstruir la
Gran Alemania.
El apoyo al levantamiento militar del General
Francisco Franco en
España por
parte de Italia
y Alemania
con tropas y armamento desafió abiertamente al
acuerdo de no-intervención en el conflicto civil (Guerra
Civil Española) de las naciones extranjeras. Hitler había firmado ya el
Pacto de Acero con Mussolini, el único de los dirigentes europeos con un
ideario similar. El apoyo a las fuerzas franquistas fue un intento de establecer
un estado fascista controlando el acceso al
Mediterráneo con vistas a una futura guerra europea, algo que solo les
funcionó a medias.
El oeste de
Checoslovaquia (la región conocida como los
Sudetes) era
el hogar de una gran cantidad de población de ascendencia germana, cuyos
derechos, según el gobierno alemán, estaban siendo infringidos. La anexión de
los Sudetes fue aceptada en
Múnich en septiembre de
1938 tras una
conferencia tripartita entre Alemania, Francia y Gran Bretaña, donde el francés
Edouard Daladier y el primer ministro inglés
Neville Chamberlain, siguiendo una
Política de apaciguamiento, confiaron en que sería la última reivindicación
de la
Alemania nazi. Hitler había transmitido personalmente esa idea a Chamberlain,
tras entregarle un conjunto de informes con supuestas atrocidades cometidas
contra habitantes alemanes en los Sudetes. La postura inglesa y francesa se
debía en gran parte a la reticencia de sus poblaciones a verse envueltos de
nuevo en una guerra a escala mundial, así como al convencimiento (sobre todo por
parte de ciertos sectores de la sociedad inglesa) de que realmente el Tratado de
Versalles había sido excesivo.
Sin embargo, en marzo de
1939 los ejércitos
de Alemania entraron en
Praga y asumieron
el control de los territorios checos restantes. El día siguiente Hitler, desde
el
Castillo de Praga, proclamó el Protectorado de
Bohemia y
Moravia, a la vez que propició la aparición del estado títere de
Eslovaquia.
También se apoderó del territorio de
Memel,
perteneciente a
Lituania. El fracaso del apaciguamiento demostró a las potencias
occidentales que no era posible confiar en cualquier tratado que pudiera
firmarse con Hitler, así como que sus aspiraciones de poder y expansión no
podían seguir siendo toleradas.
Polonia y
Francia
firmaron un acuerdo de mutua defensa el
19 de mayo
de 1939, que
posteriormente también suscribió
Gran
Bretaña.
Por su parte, Alemania y la URSS firmaron el
23 de
agosto del mismo año el
Pacto Ribbentrop-Molotov, que incluía un protocolo secreto por el que ambas
potencias se dividían
Europa central en esferas de influencia, incluyendo la
ocupación militar. El tratado establecía el
comercio e
intercambio de
petróleo y
comida de la URSS a Alemania, reduciendo así el efecto de un futuro bloqueo
por parte de
Gran
Bretaña como el que casi había ahogado a Alemania en la
Primera Guerra Mundial. Hitler pasó entonces a centrarse en la preparación
del futuro conflicto con los Aliados cuando, como pretendía, invadiera Polonia
con el fin de incorporarla a Alemania. La ratificación del tratado de defensa
entre Polonia y el Reino Unido no alteró sus planes.
Benito Mussolini se había convertido en líder indiscutido de Italia durante
ese mismo período de entreguerras. Expulsado del
Partido Socialista Italiano por apoyar la participación de
Italia en la
Primera Guerra Mundial, en
1919 fundó los
Fasci italiani di combattimento, grupo militar integrado por
excombatientes, que reprimían a los movimientos denominados obreros y al partido
socialista; era por tanto análogo a los Freikorps alemanes tanto en ideario como
en actuación. El
fascismo
creado por Mussolini defendía un régimen
militarista,
autoritario,
nacionalista, que centralizara el poder en una persona y un movimiento (Partido
Nacional Fascista en el caso italiano) y contrario a las
instituciones democráticas. Los fascistas tomaron como
emblema el
Fascio, antiguo símbolo de poder entre los
romanos, consistente en un haz de varas con un hacha en el centro.
En estos años los movimientos
obrero y campesino se manifestaron de manera más radical al tomar las
fábricas y las tierras bajo su control, en un intento por imitar la
revolución rusa. Los industriales y terratenientes, asustados por esta
amenaza a sus intereses, apoyaron económicamente a los Fasci di combattimento.
En septiembre de 1922
los
camisas negras, como también eran conocidos los fascistas, organizaron una
marcha sobre Roma, para presionar al gobierno por la incapacidad de resolver
la situación económica. En respuesta,
Víctor Manuel III nombró a Mussolini
primer ministro. Este empezó a autodenominarse "Duce" (caudillo), y
estableció un gobierno totalitario. Creó el
Gran Consejo Fascista que controló el Parlamento. Persiguió a los
sindicatos,
al Partido Socialista, prensa contraria a su gobierno, y a la
Iglesia. Suprimió las libertades individuales y el derecho de huelga.
Controló los medios de comunicación y solo permitió propaganda que exaltara el
nacionalismo y el fascismo. También introdujo el militarismo en el sistema
educativo italiano.
Del mismo modo que Hitler en Alemania, Mussolini defendía el derecho de
Italia a la expansión territorial, de grado o por fuerza. Mussolini comenzó una
gran campaña expansionista conocida como el
colonialismo italiano. Estableció colonias en
Somalia,
Eritrea y
Libia, y
conquistó por la fuerza
Abisinia y
Albania, ignorando las protestas de la
Sociedad de Naciones.
El
día 6 de agosto de 1945, el mundo entró en una nueva era. Aquel día, sobre la
ciudad japonesa de Hiroshima, se produjo la explosión de la primera bomba
atómica. Sus terribles resultados, unidos a los experimentados en Nagasaki tres
días después, trajeron la rendición incondicional de Japón y el fin de la
Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el mundo vive bajo los temores de la
amenaza nuclear. El día 5 de agosto de 1945, en la base aérea de Tinian, una
isla de las Marianas a 200 km de Guam, una tripulación de B-29 —la famosa
«superfortaleza volante»— integrante del 509.° Grupo Mixto y preparada desde
muchos meses antes en la base secreta de Wendover, en Utah, para una misión
especialísima, esperaba llena de ansiedad la llegada de una orden. El
entrenamiento había sido durísimo y realizado en el más absoluto aislamiento. La
tripulación la encabezaba el coronel Paul Tibbets, veterano jefe de grupo de
B-17 con múltiples misiones en Europa y el norte de África y que había sido
elegido por sus excepcionales cualidades técnicas y personales. Él había
escogido como hombre de la más absoluta confianza, para acompañarle en la
misión, al oficial bombardero Tom Ferebee, experto en el bombardeo por medios
visuales, y a) oficial de derrota Ted van Kirk, llamado «Dutch», navegante
peritísimo. Durante meses habían hecho prácticas de lanzamiento de una rara
bomba a la que se llamaba familiarmente «La Cosa», un enorme cilindro dotado de
cola, cuyo contenido explosivo era un arcano para casi todos. Sólo Tibbets
estaba en el secreto de su carga nuclear y, llegado el momento del lanzamiento.
la pregunta que le obsesionaba era: ¿1;i deflagración alcanzaría a volatilizar
el avión portador de la bomba? «No obstante —confesaría después el propio
Tibbets- yo confiaba plenamente en los científicos y sabía que sus cálculos eran
de una precisión total. Ellos me habían explicado que, en el instante de la
explosión, mi avión se habría alejado 17 kilómetros del punto cero en relación
con la trayectoria de la bomba. Por otra parte, en cuanto al problema de la onda
provocada por la bomba, los ingenieros aeronáuticos me aseguraron que mi
superfortaleza soportaría un choque de 2 g, es decir, el doble de su propio
peso.» Aquel día 5 se llegaba a la fecha de la gran decisión, porque los
meteorólogos habían pronosticado que el período entre el 6 y el 9 de agosto
sería el más favorable para realizar el bombardeo desde el cielo japonés. Truman
toma una decisión histórica La espera de la tripulación del Enola Gay, bautizado
así por ser éste el nombre de la madre del coronel Tibbets, se hacía impaciente
a la expectativa de una decisión que debía provenir, nada menos, del presidente
Truman. En la sala de telecomunicación del aeródromo de Tinian se estaba
pendiente del télex que desencadenara la operación «Bandeja de Plata», pues tal
era el nombre en código adjudicado al lanzamiento de la primera bomba atómica de
la historia. Finalmente, la orden llegó: «Proceded con arreglo a lo previsto,
para el 6 de agosto.» Un hecho de incalculables consecuencias, morales y
materiales, iba a desencadenarse a partir de aquellas simples palabras. De
entrada, estaba la incógnita del despegue. En el curso de unas pruebas sobre la
limitada pista de Tinian, dos -{-29 se habían estrellado al límite de la misma,
con un cargamento semejante al que debía llevar el Enola Gay, aunque con bombas
convencionales. ¿Qué catástrofe podría sobrevenir si el accidente se repetía
transportando un ingenio atómico activado? Un científico atómico experto en
artillería — Parsons, que formaría parte de la tripulación del B-29- había
conseguido de los sabios el encontrar un medio de armar la bomba después del
despegue, con lo que, en el peor de los casos, si la superfortaleza se
estrellaba, no habría riesgo de que la isla de Tinian, con todos sus habitantes,
desapareciera del mapa. Plan de vuelo El vuelo tenía prevista la hora de
despegue para las 2.45 de la madrugada del día 6, esperándose alcanzar el
objetivo —que podía ser Hiroshima, objetivo prioritario, o bien Kokura o
Nagasaki— seis horas después, es decir a las 8.15, hora exacta que se había
precisado en función de las previsiones de la meteorología. Tres superfortalezas
acompañarían en el despegue al Enola Gay. Una de ellas tendría como misión el
dar los datos meteorológicos en el último momento y ya sobre el espacio aéreo
japonés, designando en función de este factor la ciudad que quedaría marcada por
el fatal destino de sufrir el comienzo de la era atómica. En los otros dos
aviones viajarían los científicos encargados de observar y registrar los efectos
de la bomba. Al término de la exposición del plan de vuelo, Tibbets anunció con
voz grave que le era necesario dar una información adicional del más alto
interés. Y habló de que se trataba de lanzar una bomba cuyos efectos
significarían muy probablemente la derrota de Japón y el fin de la guerra.
Tibbets, sin embargo, se abstuvo de mencionar el calificativo de «atómica»
aplicado a la bomba, pero precisó que la potencia del infernal ingenio
equivaldría a la de 20.000 toneladas de trilita. Sus palabras causaron una
impresión profunda en la tripulación, a la que se había incorporado el copiloto
Bob Lewis, el ametrallador de cola Bob Carón y de la que formarían parte tres
personas más: el capitán Parsons - ya citado- y su ayudante el teniente Morris
Jeppson, quienes tendrían a su cargo el activado de la bomba una vez en vuelo, y
a ellos se añadiría el teniente Beser, especialista en electrónica. El despegue
hacia un objetivo desconocido Y llegó el momento decisivo. A la 1.45 de la
madrugada despegó el B-29 destinado a la misión meteorológica. Los otros
despegarían después. A las 2.15, el B-29 modificado para que en su bodega
cupiera la bomba de uranio 235, a la que se había bautizado con el nombre de
Litlle Boy («Muchachito»), estaba en la cabecera de la pista probando a plena
potencia sus cuatro motores Wright de 2.200 caballos de potencia. Entre una
hilera de cámaras que querían registrar el histórico acontecimiento, iluminado
por potentes proyectores, el Enola Gay arrancó de la pista con los cuatro mil
kilos de la bombaensusentranas.Eranlas2.45de la madrugada del 6 de agosto de
1945. Alcanzada la cota de vuelo y con el rumbo puesto hacia el archipiélago
japonés, Parsons y su ayudante pusieron manos a la obra en la bodega del
bombardero para activar el arma nuclear. Veinte minutos después, habían dado fin
a su tarea. Fue entonces cuando el coronel Tibbets, tras conectar el piloto
automático, reunió a la tripulación y les explicó la naturaleza exacta del
explosivo que llevaba a bordo. Para aquellos hombres, hechos al cumplimiento de
unas misiones bélicas destructivas, cualquier reparo moral estaba en aquel
momento fuera de lugar. Aún más, la idea de que con aquel explosivo podían
acortar la guerra y ahorrar millares de vidas norteamericanas ahuyentaba
cualquier escrúpulo de conciencia. Entre tanto, el Enola Gay proseguía su vuelo
sin novedad sobre la capa de nubes por encima de la zona de turbulencia. Poco a
poco se iban percibiendo las tenues luces del amanecer. Se acercaba la hora del
alba. Al llegar el avión a la altura de lwo Jima, según el horario previsto, dos
aparatos de escolta esperaban describiendo círculos la llegada del bombardero
para, una vez avistado, ponerse a la altura del Enola Gay y seguir el vuelo
juntos, hacia el objetivo. El nuevo día empezaba a despuntar. Un nuevo día que
millares de seres humanos de una ciudad todavía ignorada no verían llegar a su
crepúsculo, víctimas de una horrible muerte. La meteorología sella el destino de
Hiroshima A las 7.09 se recibió en el Enola Gay el esperado mensaje. Era del
comandante Eatherly del Straight Flush, el avión meteorológico que les había
precedido en el despegue y que en aquellos momentos volaba a 10.000 metros sobre
Hiroshima. En él se confirmaba el objetivo principal como destino de la bomba.
La ciudad, en medio de un anillo de nubes, aparecía a través de un hueco de 15
kilómetros en el que la visibilidad era perfecta. El mensaje del Straight Flush
selló el destino de la ciudad. El navegante Van Kirk marcó el rumbo preciso para
situarse en la vertical del objetivo. Sobre Hiroshima se había despertado
también el sol de la mañana de un nuevo día que -fatalmente- se anunciaba
magnífico, sin nubes. Era una ciudad con más de 300.000 habitantes, famosa por
sus bellísimos sauces y que hasta aquel día, pese al sesgo desfavorable que la
guerra había tomado para el Japón, no había experimentado más conmoción que el
estallido de 12 bombas enemigas. Aquella mañana despejada, sus habitantes se
disponían a hacer su vida habitual. El puerto, antes animado por los embarques
de tropas, aparecía desierto, porque la siembra de minas realizada por los
aviones americanos hacía que casi ningún barco fondease ahora en Hiroshima.
Fábricas, almacenes y enlaces ferroviarios trabajaban a pleno rendimiento para
aprovisionar y equipar a un ejército que, muy pronto, tendría que afrontar el
desembarco de los americanos en sus propias islas. Afanada en sus quehaceres
diarios, la gente prestó escasa atención a las sirenas que sonaron anunciando la
presencia de un avión enemigo, un B-29 que volaba a gran altura y que, después
de cruzar por dos veces el cielo de la ciudad, desapareció. El fin de la alarma
sonó a las 7.30. Era el B-29 del comandante Eatherly, que había cumplido su
misión de guía del Enola Gay. Al cese de la alarma, la gente dio un suspiro de
alivio. Los hombres inútiles para el servicio y los estudiantes que trabajaban
en la defensa pasiva creyeron que, una vez más, el azote de las bombas iba a
pasar sobre Hiroshima sin dejar rastro. Las gentes procedentes de zonas
bombardeadas celebraron una vez más su buena fortuna en la elección de la ciudad
que les había dado acogida. La hora H: 8h15'17" del día 6 A las 7.50 hora de
Tokio, el Enola Gay volaba sobre las inmediaciones de la isla de Shikoku. A las
8.09 se divisó desde el avión el contorno de Hiroshima. Tibbets ordenó a los dos
aviones de escolta que se retirasen y, por el interfono, indicó a su tripulación
que se pusiera los anteojos que habían de protegerles contra el resplandor de la
explosión. A las 8.11, Tibbets accionó el mecanismo preparatorio para soltar a
Littie Boy. Faltaban menos de cinco minutos. Debajo del Enola Gay, la ciudad de
Hiroshima se veía cada vez más cerca. El apuntador Ferebee se sabía de memoria
la planimetría de la ciudad. Rápidamente encuadró su punto de mira en el lugar
elegido: un gran puente sobre el río Ota. Cuando lo tuvo, puso en marcha la
sincronización automática para el minuto final del lanzamiento. El plan
preestablecido era lanzar la bomba a las 8.15, hora local. Las favorables
condiciones atmosféricas y la pericia de Tibbets permitieron que el avión
coincidiera con el objetivo exactamente a las 8 horas, 15 minutos y 17 segundos.
En aquella hora fatídica se abrieron las compuertas del pañol y, desde una
altura de 10.000 metros, el ingenio atómico inició su trayectoria genocida.
Aligerado de un peso de más de 4.000 kilos, el bombardero dio un gran brinco
hacia arriba. Tibbets marcó un picado hacia estribor y a continuación hizo un
viraje cerrado de 158°, a fin de alejarse al máximo del punto de explosión. Al
mismo tiempo, desde el instante del lanzamiento, Tibbets se puso a contar
mentalmente los segundos calculados hasta que la bomba estallara. Transcurridos
43 segundos, cuando el avión se encontraba a 15 kilómetros del punto del
impacto, la bomba hizo explosión, accionada por una espoleta automática a unos
550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros escasos del blanco
elegido. Una enorme bola de fuego se iba transformando en nubes purpúreas...
Repentinamente, el espacio se había convertido en una bola de fuego cuya
temperatura interior era de decenas de miles de grados. Una luz, como
desprendida por mil soles, deslumbre a pesar de los lentes a Bob Carón, el
ametrallador de cola, que, por su posición en el aparato, quedó encarado al
punto de explosión. Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión,
mientras abajo la inmensa bola de fuego se iba transformando en una masa de
nubes purpúreas que empezó a elevarse hacia las alturas, coronándose en una nube
de humo blanco densísimo que llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura y que
adoptó la forma de un gigantesco hongo. «Entonces nos dimos cuenta —explicaría
Tibbets— de que la explosión había liberado una asombrosa cantidad de energía.»
El Enola Gay, superada la prueba de la onda de choque, viró hacia el sur y voló
sobre las afueras de Hiroshima, a fin de fotografiar los resultados del
histórico bombardeo. Y entonces fue cuando la tripulación pudo comprobar la
espantosa destrucción que habían sembrado. Iniciado el vuelo de regreso, a 600
km de distancia todavía era visible el hongo que daba fe de la aparición del
arma que abría una nueva y dramática era en la historia de la humanidad. Una
sensación impresionante dominaba a toda la tripulación, como si la tensión
nerviosa liberada hubiera dado paso a la obsesionante idea de haber provocado
una destrucción sin precedentes. Parsons y Tibbets lanzaron entonces el mensaje
que iba a conmover al mundo: «Resultados obtenidos superan todas las
previsiones.» El fin de la Segunda Guerra Mundial A las 2 de la tarde, el Enola
Gay tomaba tierra en Tinian. La noticia del éxito de la operación «Bandeja de
Plata» había circulado ya por el Pacífico. En el aeródromo estaban esperando los
generales Le May y Arnoid, venidos especialmente de Guam. El presidente Truman
recibió el mensaje a bordo del crucero Augusta. En su entorno, todo era
exaltación y entusiasmo. Sólo el general Eisenhower condenó espontáneamente el
uso de la terrible bomba contra un núcleo habitado. considerando que tal
demostración no era necesaria para derrotar a Japón. Pero la inmensa mayoría
—como dijo Raymond Cartier— «no vio en la aparición del arma nuclear otra cosa
que el fin rápido de la guerra y la economía de sangre americana que ello
reportaba.» No obstante, había algo más: ante la configuración del mundo de la
posguerra y la emergencia de la Unión Soviética como gran potencia, la horrible
demostración de Hiroshima perseguía el evidente fin de intimidar a Stalin y
hacerle más razonable. Yalta y Potsdam estaban perfilando una posguerra en la
que los ocasionales aliados de ayer iban a dividir el mundo en dos bloques
antagónicos. Sin embargo, como era de esperar, las previsiones en cuanto a lo
resolutivo de la bomba se cumplieron: el día 7, Japón se dirigió a la Unión
Soviética para que mediara ante Estados Unidos en busca de un armisticio. Los
rusos contestaron declarando la guerra a Japón y desencadenando de inmediato una
gran ofensiva en Manchuria. El día 9, otro B-29, el Bockscar, pilotado por el
mayor Sweeney, lanza otra bomba nuclear -ésta de plutonio- sobre Nagasaki. La
«implosión» —pues éste fue el sistema practicado para provocar la reacción en
cadena del plutonio activado- estuvo a punto de desintegrar la superfortaleza
que efectuó el lanzamiento. Los efectos, debido a la topografía de Nagasaki, no
fueron tan espantosos como los del ataque precedente. Pero fueron suficientes
para que, a las 2 de la madrugada del día 10, el Consejo Supremo de Guerra
japonés, presidido insólitamente por el emperador Hiro Hito —que, ante lo
gravísimo de los momentos, había decidido descender de sus divinas alturas—, se
dirigiera a Estados Unidos pidiéndole el cese de las hostilidades y aceptando la
rendición incondicional exigida por los aliados. La capitulación se firmaría el
2 de septiembre de aquel mismo año: la Segunda Guerra Mundial había terminado,
tras 6 años y 1 día de duración. Pero queda por reseñar lo sucedido en la ciudad
mártir, tras de recibir su bautismo de fuego atómico. Una explosión de 20
kilotones La bomba lanzada en Hiroshima tenía una potencia equivalente a 20
kilotones, es decir, a veinte veces la explosión de mil toneladas de TNT. Los
efectos mortales de esta bomba podían proceder de tres causas distintas: la
acción mecánica de la onda expansiva, la temperatura desencadenada y la
radiactividad. El calor generado por la energía liberada se elevó a temperaturas
capaces de fundir la arcilla, alcanzando decenas de miles de grados. Este
colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación,
para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya
velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora. El terrible soplo produjo
presiones de hasta 10 toneladas por metro cuadrado. El detalle de estos efectos
sobre la ciudad llega a lo indescriptible: trenes que vuelcan como golpeados por
un gigante, tranvías que vuelan con una carga de cadáveres hechos pavesas,
automóviles que se derriten, edificios que se desintegran y se convierten en
polvo incandescente, manzanas de viviendas que desaparecen por un ciclón de
fuego. Toda una zona de 2 km de radio se transformó en un crisol, que la dejó
arrasada como si un fuego infernal y un viento cósmico se hubieran asociado
apocalípticamente. Y en kilómetros a la redonda, incendios y más incendios
atizados dramáticamente por un vendaval de muerte. Por los restos de lo que
fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras,
unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones. Los que murieron en el acto,
sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro. Tan
sólo alguno, situado junto a un muro que resistió la onda expansiva, dejó una
huella en la pared, una silueta difuminada de apariencia humana, como una sombra
fantasmagórica, que fue en lo que vino a quedar el inmolado. Otros se vieron
lanzados, arrastrados por un rebufo arrollador, y se encontraron volando por el
aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval. Alguno fue a parar
milagrosamente a la copa de un árbol, a muchos metros de distancia de su lugar
de arranque. En los alrededores del punto cero, todo quedó carbonizado. A 800
metros, ardían las ropas. A dos kilómetros, ardían también los árboles, los
matorrales, los postes del tendido eléctrico, cualquier objeto combustible. Tal
era la fuerza del contagio ígneo. El sol de la muerte Pero quedaba el tercer y
más traicionero efecto: el «sol de la muerte», como llamaron los japoneses al
efecto radiactivo que provocó la acción de los rayos gamma, delta y alfa. Las
personas, según su cercanía al punto de caída de la bomba atómica, aparecían
llagados, llenos de terribles ampollas. Todos los supervivientes, en un radio de
1 km a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las
radiaciones. Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se
fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación.
Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de
los efectos radiactivos. Junto a los millares de muertos instantáneamente y de
los que con posterioridad fallecieron de resultas de las quemaduras o de la
radiación, se registraron hechos singulares. Por ejemplo, algunos habitantes se
salvaron por haberles sorprendido los efectos de la explosión con vestimenta
clara; en cambio, los que vestían de oscuro murieron rápidamente, por la
capacidad del color negro de absorber el calor. Esta misma capacidad de
absorción de las ondas calóricas por los cuerpos opacos ocasionó otro
sorprendente fenómeno: la fotografía atómica. Hombres desintegrados, así como
objetos diversos, dejaron su sombra grabada sobre los muros de las paredes en
cuya cercanía se encontraban en el momento de la explosión, como hemos
mencionado antes. La onda calórica siguió exactamente los contornos de una
silueta y la grabó, para siempre, sobre la piedra. El holocausto Y cuando los
supervivientes se recuperaron del horror y los servicios de socorro empezaron a
prodigar sus cuidados a los heridos y a los quemados, se produjo la caída de una
lluvia viscosa, menuda y pertinaz, que hizo a todos volver los ojos al cielo: el
aire devolvía a la tierra, hecho toneladas de polvo y ceniza, todo lo que había
ardido en aquel horno —personas y cosas— y que las corrientes ascensionales
habían succionado hasta las nubes. Al día siguiente del bombardeo, un testigo
presencial que recorrió la ciudad explicó el espeluznante panorama de desolación
que constituía la visión de una población arrasada, sembrada de restos humanos
que estaban en espantosa fase de descomposición, entre un olor nauseabundo a
carne quemada. Una zona de 12 kilómetros cuadrados, en los que la densidad de
población era de 13.500 habitantes por kilómetro cuadrado, había sido devastada.
La llegada de un grupo de científicos confirmó que el explosivo lanzado era una
bomba de uranio. La energía atómica había entrado en la historia por la puerta
del holocausto. Según los datos más fiables, el número de víctimas sacrificadas
en Hiroshima fue de 130.000, de las que 80.000 murieron. Unos 48.000 edificios
fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar
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